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[1522-1590]

PERFIL DE SANTA CATALINA
El 23 de abril de 1522 nace en Florencia, Alejandrina Lucrecia, hija
de la noble familia de los Ricci. Muerta su madre cuando ella era todavía muy niña, quedó bajo el cuidado de una madrastra.
Poco después la puso su padre en el convento de monjas de Monteceli donde estaba una tía suya. Allí recibe su primera educación
y sobresale por su aplicación en los estudios. A la niña le gustan los relatos de la Pasión de Cristo. A los doce años participa en un retiro en la comunidad apostólica de las dominicas de san Vicente de
Prato. Queda impactada por el estilo de vida y trabajo de las hermanas y pide la admisión en la comunidad. Cuando su padre
fue a buscarla para volverla a casa, no quiso ir su primero no le prometía con juramento volverla otra vez al convento. Cumplió
la promesa y el lunes de Pentecostés de 1535, as los trece años, tomó el santo hábito mudando el nombre de Alejandrina por
el de Catalina. Profeso al año siguiente y se dio en tal forma a la contemplación, singularmente de la Pasión del Señor, que
de ordinario estaba abstraída de los sentidos. Por su gran humildad, no comunicaba a nadie, ni al confesor, sus vivencias
espirituales. Dotada de admirable prudencia, fue superiora dieciocho
años, ganando mucho las religiosas en lo espiritual y en lo temporal por las muchas limosnas que le enviaban , con lo que
pudo acabar la fábrica del convento.
Durante doce años, 1542-1554, revivió en su cuerpo las llagas del Crucificado
y la Pasión del Señor. El día Primero de febrero de 1559 recibió los santos sacramentos. Recibió el viático de rodillas, su
rostro se resplandecía como él de un ángel. Llamó después a las religiosas, les hizo una exhortación al amor de Dios y a la
observancia regular, poniéndose de nuevo en oración hasta la noche. Llegada la hora del tránsito se cerro con la mano los
ojos, se santiguó extendió su cuerpo en forma de cruz y entregó su alma a Jesús, quedando envuelta en resplandores. Era el
día dos de febrero del año 1589, a la edad de 68 años, en Prato. Fue beatificada por Clemente XII el 23 de noviembre de 1732
y canonizada por Benedicto XIV el 29 de Junio de 1746. El cuerpo de la santa se venera en la basílica dedicada a San Vicente
Ferrer en Prato.
SEMBLANZA ESPIRITUAL
Llena del fuego del Espíritu Santo buscó incansablemente la gloria del
Señor. Promovió la reforma de la vida regular, inspirada especialmente por fray Jerónimo Savonarola, a quien admiraba con
agradecido afecto. Su amor a la Pasión del Señor la llevó a componer el "Cántico de la Pasión", una meditación reposada sobre
los sufrimientos de Cristo. Las "Cartas" son muestra de su profundo itinerario en el Espíritu. Trabajó con solicitud en la atención de enfermos, hermanas o laicos. La extraordinaria abundancia de
carismas celestiales, junto con una exquisita prudencia y especial sentido práctico, hicieron de ella la superiora ideal.
Al monasterio de San Vicente Ferrer llegaban príncipes y prelados
buscando consejo. Tuvo gran amistad con San Carlos Borromeo, San Felipe Neri, San Pío V y Santa María de Pazzi.
Al poco de profesar el Señor vino a visitarla enviándole una terrible y múltiple
enfermedad ya que fueron varias las dolencias que a la vez afligían su débil cuerpo. Las mismas religiosas y los médicos quedaban
admirados cómo era posible que pudiera resistir tanto dolor de todo tipo. Se le apareció un Santo de su Orden, hizo sobre
ella la señal de la cruz y quedó curada por varios años. Durante estos atroces tormentos tenía una medicina que la curaba,
por lo menos le daba paz y alivio: Era el meditar en la Pasión del Señor, en los muchos dolores que Él sufrió por nosotros...
Meditaba paso a paso, en toda su viveza y a veces se le manifestaba el Señor bien con la Cruz a cuestas, bien coronado de
espinas o clavado en la Cruz. Ante estos dolores del Maestro, Catalina—que así se llamó desde que vistió el hábito dominicano—encontraba
fuerzas para cargar con su propia cruz...
Recibió muchos dones y regalos del cielo: Revelaciones, gracias de profecía y milagros...
Luces especiales en los más delicados asuntos de los que ella nada sabía. Por ello acudieron a consultarla Papas, cardenales
y grandes de la tierra igual que personas sencillas y humildes. A todos atendía con gran bondad y humildad ya que se veía
anonada por sus miserias y se sentía la más pecadora de los mortales. El 2 de febrero de 1590 expiró en el Señor.
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