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COMIENZA LA LEYENDA SANTA CLARA Y DE SU NACIMIENTO

Admirable ya por su nombre, Clara de apelativo y de virtud, esta mujer, nacida en Asís, procedía de muy ilustre linaje: conciudadana primero en la tierra del bienaventurado Francisco, comparte ahora con él el reino de los cielos. Su padre era caballero, y toda su progenie, por ambas ramas, pertenecía a la nobleza militar; de casa rica, con bienes muy copiosos en relación al nivel de vida de su patria. Su madre, Hortulana de nombre, que había de dar a luz una planta muy fructífera en el huerto de la Iglesia, abundaba ella misma en no escasos frutos de bien. Pues, no obstante las exigencias de sus deberes de esposa y del cuidado del hogar, se entregaba según sus posibilidades al servicio de Dios y a intensas prácticas de piedad. Tanto, que pasó a ultramar en devota peregrinación, y tras visitar los lugares que el Dios-Hombre dejó santificados con sus huellas, regresó gozosa a su ciudad. Por dos veces fue a orar al santuario de San Miguel Arcángel y también visitó piadosamente las basílicas de los Apóstoles. ¿Para qué más? Por el fruto se conoce el árbol y por el árbol se recomienda el fruto. Tanta savia de dones divinos gestaba ya la raíz, que es natural que la ramita floreciera en abundancia de santidad. Estando encinta la mujer, muy próxima ya al alumbramiento, oraba en la iglesia ante la cruz al Crucificado para que la sacara con bien de los peligros del parto, cuando oyó una voz que le decía: «No temas, mujer, porque alumbrarás felizmente una luz que hará más resplandeciente a la luz misma». Ilustrada con este oráculo, al llevar a la recién nacida a que renaciera en el santo bautismo, quiso que se la llamara Clara, confiando en que, de acuerdo con el beneplácito de la voluntad divina, de alguna manera se cumpliría la promesa de aquella luminosa claridad.

 

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VIDA EN LA CASA PATERNA

Dada a luz de allí a poco, la pequeña Clara empezó a brillar con luminosidad muy precoz en medio de las sombras del siglo, y a ganar esplendor durante la tierna infancia, por la rectitud de costumbres. De labios de su madre recibió con dócil corazón los primeros conocimientos de la fe e, inspirándole y a la vez moldeándole en su interior el Espíritu, aquel vaso, en verdad purísimo, se reveló como vaso de gracias. Alargaba placentera su mano a los pobres y de la abundancia de su casa colmaba la indigencia de muchos. Y para que su sacrificio fuese más grato a Dios, privaba a su propio cuerpecito de los alimentos más delicados y, enviándolos a hurtadillas, sirviéndose de intermediarios, reanimaba el estómago de sus protegidos. De este modo, creciendo con ella desde la infancia la misericordia, manifestaba un espíritu compasivo demostrando conmiseración con las miserias de los miserables. Era muy aficionada a la santa oración; en ella, rociada frecuentemente con la fragancia de lo alto, se introducía paso a paso y con diligencia en la vida espiritual. Y, al no disponer de otro medio con el que llevar la cuenta de sus oraciones, contaba ante Dios sus breves plegarias mediante unas piedrecitas. Cuando empezó a sentir los primeros estímulos del amor, comprendió, ilustrada por la unción del Espíritu, que debía desdeñar la apariencia caduca de los adornos mundanos, tasando en su vil precio las cosas viles. Por eso, debajo de los vestidos preciosos y sensuales, llevaba escondido un pequeño cilicio, mostrándose por fuera aparentemente mundana, pero revistiéndose interiormente de Cristo. Por último, cuando los suyos quisieron desposarla con un marido de su nobleza, no accedió en absoluto; al contrario, aparentando dejar para más adelante el matrimonio con un mortal, confiaba su virginidad al Señor. De este modo comenzó a paladear la virtud en su casa paterna, tales fueron sus primicias espirituales, tales los preludios de su santidad. Y así, al estar tan rebosante del perfume interior, su fragancia misma la delataba, como sucede con un pomo de aroma exquisito, por más cerrado que se halle. En efecto y sin que ella lo percibiese, comenzó a estar elogiosamente en boca de sus vecinos; y se fue divulgando entre el pueblo la noticia de su bondad descubriendo una justa fama sus obras secretas.

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CONOCIMIENTO Y AMISTAD DEL BIENAVENTURADO FRANCISCO

Oyó hablar por entonces de Francisco, cuyo nombre se iba haciendo famoso y quien, como hombre nuevo, renovaba con nuevas virtudes el camino de la perfección, tan borrado en el mundo. De inmediato quiere verlo y oírlo, movida a ello por el Padre de los espíritus, de quien tanto él como ella, aunque de diverso modo, habían recibido los primeros impulsos. Y no menos deseaba Francisco, entusiasmado por la fama de tan agraciada doncella, verla y conversar con ella, por si de algún modo él, que estaba ávido de conquistas, que se sentía llamado a destruir el imperio del mundo, lograba arrebatar tan noble presa al siglo malvado y reivindicarla para su Señor. La visita, pues, Francisco; y más aún Clara a él; aunque moderan la frecuencia de sus entrevistas para evitar que aquella divina amistad pueda ser conocida de los hombres e interpretada maliciosamente por públicas habladurías; por eso, acompañada solamente de una íntima familiar y dejando el hogar paterno, la doncella menudeaba sus secretos encuentros con el varón de Dios, cuyas palabras le parecían llameantes y las acciones sobrehumanas. El padre Francisco la exhorta al desprecio del mundo; demostrándole con vivas expresiones la vanidad de la esperanza y el engaño de los atractivos del siglo, destila en su oído la dulzura de su desposorio con Cristo, persuadiéndola a reservar la joya de la pureza virginal para aquel bienaventurado Esposo a quien el amor hizo hombre. ¿A qué detenernos en tantos pormenores? A instancias del santísimo padre, que actuaba hábilmente como fidelísimo mensajero, no retardó su consentimiento la doncella. Se le abre entonces la visión de los goces celestes, en cuya comparación el mundo entero se le vuelve despreciable, cuyo deseo la hace derretirse de anhelos, por cuyo amor ansía las bodas supremas. Y así, encendida en el fuego celeste, tan soberanamente despreció la vanagloria terrena, que jamás nada de los halagos mundanos se pegó a su corazón. Aborreciendo igualmente las seducciones de la carne, decidió ya desde ahora no conocer lecho de pecado (Sab 3,13), deseando hacer de su cuerpo un templo consagrado a Dios y esforzándose por hacerse merecedora de las bodas con el gran Rey. En consecuencia, se sometió totalmente a los consejos de Francisco, tomándolo por su guía, después de Dios, para el camino. Desde entonces queda pendiente su alma de sus enseñanzas y recoge con cálido pecho cuanto le predica del buen Jesús. Soporta con molestia la pompa y ornato secular, y desprecia como basura todo lo que aplaude el mundo, a fin de poder ganar a Cristo (cf. Flp 3,8).

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Co-fundadora de la Orden de las Damas Pobres, o Clarisas, y primera abadesa de San Damiano; nacida en Asís el 16 de julio de 1194; fallecida en la misma localidad el 11 de agosto de 1253. Era la hija mayor de Favorino Scifi, conde de Sasso-Rosso, representante acaudalado de una antigua familia romana, a quien pertenecía un gran palacio en Asís y un castillo en las faldas del monte Subasio. Eso es, al menos, lo que cuenta la tradición. Su madre, Bta. Ortolana, pertenecía a la noble familia de los Fiumi y destacaba por su celo y piedad. Desde sus primeros años Clara parecía dotada con las más raras virtudes. Ya de niña era muy aficionada a la oración y a la práctica de la mortificación, y cuando alcanzó la adolescencia su repugnancia por el mundo y su ansia de una vida más espiritual se incrementaron. Cuando Clara tenía dieciocho años, San Francisco acudió a la iglesia de San Giorgio de Asís para predicar durante la cuaresma. Las palabras inspiradas del Poverello encendieron una llama en el corazón de Clara. Fue a buscarle en secreto y le suplicó que la ayudara a vivir también "según el modo del Santo Evangelio". San Francisco, que enseguida reconoció en Clara una de esas almas escogidas destinadas por Dios para grandes cosas, y que indudablemente previó también que otras muchas podrían seguir su ejemplo, prometió ayudarla. El Domingo de Ramos, Clara, engalanada, asistió a Misa Mayor en la catedral, pero cuando los demás se acercaron hacia el pretil del altar para recoger un ramo de palma, ella permaneció ensimismada en su sitio. Todos los ojos se posaron sobre la joven. Entonces, el obispo descendió del altar y le colocó la palma en su mano. Esta fue la última vez que el mundo contempló a Clara. Aquella misma noche abandonó secretamente la casa de su padre por consejo de San Francisco y, acompañada por su tía Bianca, se dirigió a la humilde capilla de la Porciúncula, donde San Francisco, tras cortarle el cabello, la vistió con una basta túnica y un grueso velo. De esta forma, la joven hizo voto de servicio a Jesucristo. Era el 20 de marzo de 1212.

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DE LA SANTA Y VERDADERA POBREZA

Con la pobreza de espíritu, que es la verdadera humildad, armonizaba la pobreza de todas las cosas. Y lo primero que hizo al comienzo de su conversión, fue vender la herencia paterna que le había tocado y, sin reservarse nada para sí, la distribuyó toda entre los pobres. A partir de aquí, dejado el mundo afuera, enriquecida el alma interiormente, corre en pos de Cristo aligerada del peso de las riquezas. Tal alianza selló con la santa pobreza, tal amor le consagró, que nada quería poseer sino a Cristo el Señor, nada permitió que poseyeran sus hijas. Pensaba que la preciosísima perla del deseo del cielo, adquirida con la venta de todos los bienes (cf. Mt 13,45-46), no podía compartirse con el cuidado devorador de los bienes temporales. Mediante pláticas frecuentes inculca a las hermanas que su comunidad sería agradable a Dios cuanto viviera rebosante de pobreza, y que perduraría firme a perpetuidad si estuviera defendida con la torre de la altísima pobreza. Anímalas a conformarse, en el pequeño nido de la pobreza, con Cristo pobre, a quien su pobrecilla Madre acostó niño en un mísero pesebre. Así, con este singular recordatorio, tal que con un collar de oro, se abrochaba el pecho a fin de que no pasase al interior el polvo de lo terreno. Queriendo, pues, que su religión se ennobleciese con el timbre de la pobreza, solicitó del papa Inocencio III, de feliz recuerdo, el Privilegio de la Pobreza. Este varón magnífico, congratulándose de tan grande fervor de la virgen, le advierte que es extraña la petición, ya que nunca un privilegio semejante había sido solicitado de la Sede Apostólica. Y para corresponder a la insólita petición con un favor insólito, el Pontífice personalmente, con mucho gozo, redactó de propia mano el primer esbozo del pretendido privilegio. El señor papa Gregorio, de feliz recuerdo, hombre tan digno de veneración por sus méritos personales como dignísimo por la Sede Apostólica que ocupaba, amaba muy particularmente, con paternal afecto, a nuestra santa. Mas, al intentar convencerla a que se aviniese a tener algunas posesiones, que él mismo le ofrecía con liberalidad en previsión de eventuales circunstancias y de los peligros de los tiempos, Clara se le resistió con ánimo esforzadísimo y de ningún modo accedió. Y cuando el Pontífice le responde: «Si temes por el voto, Nos te desligamos del voto», le dice ella: «Santísimo Padre, a ningún precio deseo ser dispensada del seguimiento indeclinable de Cristo». Recibía muy alegremente las limosnas más insignificantes y los trocitos de pan que llevaban los limosneros; y como entristecida a la vista de panes enteros, saltaba de gozo a la vista de los mendrugos. ¿Para qué hablar más? Se esforzaba por conformarse en perfectísima pobreza con el Crucificado pobre, de modo que ningún bien caduco apartase a la amante del amado o estorbase su andadura con el Señor. Voy a contar ahora dos sucesos admirables que la enamorada de la pobreza mereció realizar.

Los Milagros de Santa Clara

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MILAGRO DE LA MULTIPLICACION DEL PAN

Había en el monasterio un solo pan al tiempo en que urgían el hambre y la hora de comer. Llamada la despensera, ordénale la santa que divida el pan y que envíe la mitad a los hermanos, reservando la otra mitad para las hermanas. De esta mitad le manda que haga cincuenta cortes, según el número de las damas, y que los presente en la mesa de la pobreza. Como le respondiese la devota hija que aquí serían necesarios los antiguos milagros de Cristo para que tan escaso pan admita cincuenta porciones, le contestó la madre y le advirtió: «Hija, haz confiada lo que te digo». Se apresuró la hija a cumplir el mandato de la madre; mientras, ésta dirige a su Cristo piadosos suspiros en favor de las hijas. Por divino favor, entre las manos de la que corta crece aquella escasa cantidad, y a cada una de la comunidad se le puede dar una gran rebanada.

DE LOS LIBERADOS DEL DEMONIO

Un niño de Perusa, de nombre Jacobino, más que enfermo parecía poseído de un pésimo demonio. Así, unas veces se arrojaba desesperadamente al fuego, otras se golpeaba contra el suelo; y, por último, mordía las piedras hasta romperse los dientes, hiriéndose miserablemente la cabeza y desgarrándose hasta dejar ensangrentado todo su cuerpo. Con la boca torcida, sacando la lengua fuera, con tal extraña habilidad contorsionaba frecuentemente sus miembros haciéndose una bola, que colocaba la rodilla sobre el cuello. Dos veces al día le acometía esta locura al muchacho; y ni entre dos personas podían impedir que se despojara de sus vestidos. Se busca la ayuda de médicos competentes, pero no se encuentra quien pueda solucionar su situación. Su padre, llamado Guidoloto, al no haber encontrado entre los hombres remedio alguno para tanto infortunio, recurre al valimiento de santa Clara. «¡Oh virgen santísima! -exclama-; ¡oh Clara!, digna de veneración para todo el mundo, a ti te ofrezco mi desgraciado hijo, de ti imploro con toda instancia su salud». Lleno de fe, acude presuroso al sepulcro de la santa, y, colocando al muchacho sobre la tumba de la virgen, obtiene el favor en el instante mismo en que lo solicita. En efecto, el muchacho queda al momento libre de aquella enfermedad y nunca más es molestado de semejante mal.

 OTRO MILAGRO

Alejandrina de la Fratta, de la diócesis de Perusa, estaba atormentada por un demonio crudelísimo. A tal punto la había reducido a su poder, que la hacía revolotear como una avecilla encima de una alta roca que se erguía sobre la corriente impetuosa del río; y deslizarse luego por la delgadísima rama de un árbol asomado a las aguas del Tíber, y jugar allí como en un circo; para remate y a causa de sus pecados, habiendo quedado paralítica del costado izquierdo y teniendo la mano contrahecha, de nada le sirvieron los remedios tantas veces intentados. Con arrepentido corazón se llega a la tumba de la gloriosa virgen Clara e, invocada su protección contra aquella triple desgracia, logra saludable resultado con un solo remedio. Pues queda expedita la mano contrahecha, recobra la salud el costado y la posesa queda libre del demonio. Otra mujer de la misma localidad obtuvo también por entonces, ante el sepulcro de la santa, el beneficio de verse libre del demonio y de múltiples dolencias.

DE UNO QUE SANO DE LOCURA FURIOSA

A un joven francés que iba en el séquito de la Curia le había atacado una locura furiosa privándole del uso de la palabra y agitándole el cuerpo monstruosamente. Nadie lograba refrenarlo en modo alguno, antes bien, se revolvía del modo más horrible entre las manos de quienes intentaban contenerlo. Lo atan con cuerdas a unas angarillas y sus compatriotas lo conducen, contra su voluntad, a la iglesia de Santa Clara; lo colocan ante el sepulcro de la santa y de inmediato, gracias a la fe de quienes lo acompañan, se ve libre de su mal.

DE LA CURACION DE UN EPILEPTICO

Valentín de Espelo se hallaba tan minado por la epilepsia, que seis veces por día caía en tierra dondequiera que se hallara. Padecía además contracción de una pierna, por lo que no podía andar expeditamente. Montado sobre un asnillo, lo conducen al sepulcro de santa Clara, donde queda tendido durante dos días y tres noches; al tercer día, sin que nadie lo tocase, su pierna hizo un gran ruido e inmediatamente quedó sano de ambas enfermedades.

DE UN CIEGO QUE RECOBRO LA VISTA

Santiaguito, llamado el hijo de la Espoletana, enfermo de ceguera por espacio de doce años, necesitaba un guía para moverse, pues de otro modo caminaba perdido. Ya en cierta ocasión, abandonado por su lazarillo, cayó desde una altura fracturándose un brazo e hiriéndose en la cabeza. Una noche, mientras dormía cabe el puente de Narni, se le apareció en sueños una señora que le dijo: «Santiaguito, ¿por qué no vienes a Asís a verme y te curarías?» Al levantarse por la mañana cuenta, estremecido, a otros dos ciegos su visión. Estos le responden: «Oímos hablar, hace poco, de una dama que ha muerto en la ciudad de Asís, y se dice que el poder del Señor honra su sepulcro con gracias de curaciones y muchos milagros». Oído esto, se pone en camino con gran diligencia y, albergándose aquella noche en Espoleto, se repite la misma visión. Se apresura aún más, parece que vuela por el ansia de recobrar la vista. Mas, al llegar a Asís, se encuentra con que son tantos los que se aglomeran alrededor del mausoleo de la virgen, que de ningún modo puede él acercarse hasta la tumba. Lleno de fe y más aún de pena porque no puede pasar, apoya la cabeza sobre una piedra y se duerme allí afuera. Y he aquí que por tercera vez oye la misma voz que le dice: «Santiago, el Señor te concederá el favor si logras entrar». En despertando, pide entre lágrimas a la muchedumbre, gritando y redoblando sus ruegos, que, por amor de Dios, le permitan pasar. Habiéndole abierto paso, arroja el calzado, se despoja de sus vestidos, cíñese al cuello una correa y, tocando el sepulcro, en esta humilde actitud, se adormece en un leve sueño. «Levántate -le dice la bienaventurada Clara-, levántate, que ya estás curado». Incorporándose de pronto, disipada toda su ceguera, desaparecida toda oscuridad de sus ojos, contempla, claramente, gracias a Clara, la claridad de la luz; y glorifica al Señor alabándolo e invita a todos a bendecir a Dios por tan maravilloso portento.


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DE LA RECUPERACION DE UNA MANO INUTILIZADA
 
Un hombre de Perusa, llamado Bongiovanni di Martino, se había enrolado con sus paisanos contra los de Foligno. Se armó una pelea entre los dos bandos, y una pedrada le fracturó malamente una mano. Deseando vivamente curarse, gastó con los médicos mucho dinero, sin que todos aquellos recursos pudieran evitar que la mano le quedara inútil e incapaz para cualquier trabajo. Molesto de soportar el peso de aquella mano derecha, que ni suya le parecía ya y que de nada le servía, manifestó varias veces el deseo de que se la cortaran. Pero al oír hablar de los prodigios que el Señor se dignaba realizar por medio de su sierva Clara, hace voto y va presuroso al sepulcro de la virgen: ofrece una mano de cera y se postra sobre la tumba de la santa. Y en seguida, antes ya de salir de la iglesia, su mano recobra la salud.

DE LOS CONTRAECHOS

Un tal Pedrito, del castillo de Bettona, consumido por una enfermedad de tres años, aparecía como disecado, desgastado por tan prolongado mal. Debido al mismo, se había contrahecho tanto de la cintura, que, siempre encorvado y doblado hacia el suelo, apenas podía andar ayudado de un bastón. El padre del niño recurre a la experiencia y habilidad de muchos médicos, en particular de los especialistas en fracturas de huesos. Estaba dispuesto a gastar todos sus bienes con tal de recuperar la salud del niño. Mas como todos respondieran que no había curación posible para aquel mal, acudió a la intercesión de la nueva santa, cuyos prodigios oía contar. Lleva al niño a donde descansan los preciosos restos de la virgen y, poco después de presentarse ante el sepulcro, recibió la gracia de la curación completa, ya que inmediatamente se yergue derecho y sano, andando y saltando y alabando a Dios, e invita al pueblo allí congregado a alabar a santa Clara. Había un muchacho de diez años, de la villa de San Quirico, de la diócesis de Asís, tullido desde el vientre de su madre; tenía las piernas delgadas, andaba de través y, caminando zigzagueante, apenas si podía levantarse cuando caía. Su madre lo había ofrecido muchas veces en voto al bienaventurado Francisco, sin lograr la más leve mejoría. Enterándose a la sazón de que la bienaventurada Clara brillaba con el esplendor de recientes milagros, condujo al muchacho a su sepulcro. Pasados algunos días, resonaron los huesos de sus tibias, y los miembros se le enderezaron recobrando su forma natural; y aquello que san Francisco, implorado con tantos ruegos, no le había otorgado, se lo concedió su discípula Clara, por el divino favor. Un ciudadano de Gubbio, de nombre Santiago de Franco, tenía un niño de cinco años que, por debilidad de los pies, ni había andado nunca ni podía andar; el hombre se lamentaba por aquel hijo, cual si fuera un monstruo de su casa y el oprobio de la familia. El niño solía estar tendido en el suelo, se arrastraba por el polvo, intentando de cuando en cuando ponerse en pie con la ayuda de un bastón, sin lograrlo nunca: la naturaleza, que le infundía el deseo de andar, le negaba la posibilidad. Sus padres lo encomiendan al valimiento de santa Clara y, para expresarlo con sus propias palabras, quieren que sea el «hombre de santa Clara» si logra mediante ella la curación. Hecho el voto, acto seguido, la virgen de Cristo cura a «su hombre», restituyendo la facultad de andar normalmente al niño que le habían ofrecido. De inmediato sus padres, llegándose presurosos a la tumba de la virgen con el niño, que brincaba y saltaba de júbilo, lo consagran al Señor. Una mujer del castillo de Bevagna, llamada Pleneria, que sufría desde hacía mucho tiempo encogimiento de cintura, no podía andar si no era sosteniéndose con un bastón. Pero a pesar de la ayuda del bastón, no lograda enderezarse, sino que se arrastraba con vacilantes pasos. Un viernes se hizo llevar hasta el sepulcro de santa Clara; allí, orando con suma devoción, obtuvo de inmediato lo que confiadamente pedía. De modo que al día siguiente, sábado, lograda la completa curación, quien había tenido que ser llevada por los otros regresó a su casa por su propio pie.

DE LA CURACION DE VARIOS TUMORES DE GARGANTA
 
Una muchacha de Perusa había soportado con mucho dolor y por largo tiempo unos tumores de garganta que comúnmente se llaman escrófulas. Se le podían contar hasta veinte, de modo que su garganta aparecía bastante más abultada que la cabeza de la muchacha. La madre la llevó muchas veces al sepulcro de la virgen Clara, donde, con grandísima devoción, imploraba de la santa su favor. Y habiéndose quedado la muchacha postrada allí toda una noche ante el sepulcro, rompió a sudar, y las escrófulas comenzaron a ablandarse y a derivar un poco de su lugar. Poco a poco, pasado un tiempo, por los méritos de santa Clara, de tal modo desaparecieron, que no quedó en absoluto ni rastro de las mismas. Un mal semejante tenía en su garganta una de las hermanas, por nombre Andrea, en vida todavía de santa Clara. Extraño es en verdad que, en medio de aquellas piedras incandescentes, se ocultase un alma tan fría y que, entre las vírgenes prudentes, hiciese el tonto tal imprudente. Lo cierto es que una noche apretó Andrea su garganta hasta el ahogo, con el intento de expulsar por la boca aquel cuajarón, queriendo sobreponerse por su cuenta a la divina voluntad. Mas al momento, Clara, por inspiración, tuvo conocimiento del hecho. «Corre -dice a una de las hermanas-, corre volando al piso de abajo y dale a sorber a la hermana Andrea de Ferrara un huevo pasado por agua, y sube con ella aquí». Bajando aquélla presurosa, encontró a la dicha Andrea privada del habla, próxima a la asfixia a causa de la opresión de sus manos. La levanta como puede y la lleva consigo a donde la madre; y la sierva de Dios le dice: «Miserable, confiesa al Señor tus pensamientos, que también yo los conozco a fondo. Mira, lo que tú pretendiste curar lo curará el Señor Jesucristo. Pero haz por mejorar tu vida, porque de otra enfermedad que has de padecer no te recuperarás». Tras estas palabras recibió el espíritu de compunción y mejoró de vida muy notablemente. De allí a poco, ya curada del tumor, falleció de otra enfermedad

DE LOS SALVADOS DE LOS LOBOS

La salvaje ferocidad de los crueles lobos asolaba la comarca; es más, muchas veces, abalanzándose sobre los hombres, se alimentaban de carne humana. Sucedióle a una mujer, de nombre Bona, de Monte Galliano, de la diócesis de Asís, que tenía dos hijos; apenas acababa de llorar la pérdida de uno de ellos arrebatado por los lobos cuando he aquí que éstos se precipitaron con la misma ferocidad sobre el segundo. Estaba, en efecto, la madre en su casa entregada a los quehaceres del hogar cuando un lobo clava los dientes en el niño que se entretenía afuera, y, mordiéndolo en el cuello, huye a toda velocidad con su presa a la selva. Al oír los chillidos del niño, unos hombres que estaban en los viñedos gritan a la madre: «Mira a ver si tienes ahí contigo a tu hijo, porque acabamos de oír hace un momento gritos extraños». Al darse cuenta la madre de que el hijo le había sido arrebatado por el lobo, levanta al cielo su clamor y, llenando el aire de lamentos, invoca a la virgen Clara, diciendo: «Gloriosa santa Clara, devuélveme a mi desdichado hijo. Devuelve -repite-, devuelve a la infeliz madre su tierno hijo. Si no lo haces así, me suicidaré yo arrojándome al agua». Entretanto, los vecinos, corriendo tras el lobo, encuentran al niñito abandonado por él en la selva y, junto a él, un perro que le lame las heridas. La fiera salvaje primero lo había atrapado por el cuello; luego, para llevar más fácilmente su presa, lo enganchó por la cintura; en ambas partes había dejado huellas bien marcadas de sus dentelladas salvajes. La señora, viendo atendido su ruego, acude con las vecinas donde su protectora y, mostrando a quien quiera ver las varias heridas del niño, prorrumpe en agradecimiento a Dios y a la santa. Una muchacha del castillo de Cannara estaba sentada a pleno día en el campo; otra mujer había reclinado su cabeza en su regazo. Cuando, de pronto, un lobo, ávido de carne humana, dirige sus pasos furtivos en busca de una presa. La muchacha lo vio ciertamente; pero, creyendo que era un perro, ni se alarmó. Y mientras seguía registrando la cabellera de la que tenía en el regazo, la temible fiera se lanza sobre ella y, atrapándole el rostro con sus anchas fauces abiertas, corre con la presa hacia la selva. Se levanta inmediatamente la mujer enloquecida y, acordándose de santa Clara, grita con todas sus fuerzas: «Auxilio, santa Clara, auxilio; a ti te encomiendo ahora esta jovencita». En seguida -cosa increíble- la que era transportada entre los dientes del lobo le increpa a éste, diciéndole: «Oye, ladrón, ¿te atreverás a llevarme aún, después que me han encomendado a tan santa virgen?» Confundido con esta invectiva, depositó al punto muellemente en tierra a la muchacha y, como ladrón sorprendido, huyó corriendo.

DE LA CANONIZACION DE LA VIRGEN SANTA CLARA

Ocupaba la sede de Pedro el clementísimo príncipe, el señor Alejandro IV, hombre amigo de toda santidad, el cual era a la vez tutela de los religiosos y columna firme de las religiones. Al difundirse la noticia de estas maravillas y resonar más anchamente de día en día la fama de las virtudes de la virgen, todo el mundo aguardaba ya con gran deseo la canonización de tan insigne virgen. Por fin, el mencionado Pontífice, movido por el cúmulo de tan señalados milagros a una decisión casi insólita, comenzó a tratar con los cardenales de su canonización. Comisiona a personas discretas y dignísimas al examen de los milagros, y les encarga también la investigación de su prodigiosa vida. Aparece Clara como ejemplo clarísimo, en vida, de la práctica de todas las virtudes; se manifiesta, después de su tránsito, admirable por sus milagros auténticos y comprobados. Siendo esto así, habiéndose reunido el día señalado el colegio de cardenales y estando presente la asamblea de arzobispos y obispos, ante una gran concurrencia de clero, religiosos, sabios y grandes de este mundo, el Sumo Pontífice propuso ante todos aquel asunto tan razonable; e inquiriendo de los prelados su juicio, todos dan inmediatamente su voto favorabilísimo y afirman que Clara debe ser glorificada en la tierra como Dios la ha glorificado en los cielos. Acércase, pues, la fecha de su tránsito al Señor, dos años después del mismo; congregada una multitud de prelados y de todo el clero, y previo un sermón, el feliz Alejandro, a quien el Señor le había reservado esta gracia, ante una afluencia extraordinaria de gente, inscribió reverentemente a Clara en el catálogo de los santos y decretó que en toda la Iglesia se celebrase solemnemente su fiesta, que él con toda la Curia celebró por primera vez solemnísimamente. Y todo esto tuvo lugar en Anagni, en la iglesia mayor, el año de la Encarnación del Señor de 1255, primero del pontificado del señor Alejandro, para alabanza de nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

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SANTA CLARA
DEFIENDE LA CIUDAD CON LA EUCARISTIA

ORACION

Por ese espíritu de penitencia que os indujo a considerar particular delicia el ayuno más severo, la pobreza más rigurosa y la mortificación más penosa y por lo tanto la privación de todos los bienes para consagraros eternamente al amor de Jesús, y por la especial devoción a Jesús Sacramentado por medio del cual salvaste Vuestro Monasterio y la ciudad de Asís de los bárbaros que la amenazaban, concédenos la gracia de preferir la pobreza a la riqueza, la mortificación al placer y especial devoción a la Santa Eucaristía, para que nos conforte en todo el camino de ésta vida y nos lleve con seguridad a la santa eternidad. Amén.

 

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