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PATRONA DE AMERICA, PERU Y LAS FILIPINAS.
FIESTA: 30 DE AGOSTO
El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos,
Santa Rosa de Lima le contestó: "Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de
ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús". -Catecismo de la Iglesia Católica, 2449
Rosa de Lima, la primera santa americana canonizada, nació de ascendencia española en
la capital del Perú en 1586. Sus humildes padres son Gaspar de Flores y María de Oliva. Aunque la niña fue bautizada con el nombre de Isabel, se la llamaba comúnmente Rosa y ése fue el
único nombre que le impuso en la Confirmación el arzobispo de Lima, Santo Toribio. Rosa tomó a Santa Catalina de Siena por modelo, a pesar de la oposición y las burlas de sus padres y amigos. En cierta ocasión, su madre
le coronó con una guirnalda de flores para lucirla ante algunas visitas y Rosa se clavó una de las horquillas de la guirnalda
en la cabeza, con la intención de hacer penitencia por aquella vanidad, de suerte que tuvo después bastante dificultad en
quitársela. Como las gentes alababan frecuentemente su belleza, Rosa solía restregarse la piel con pimienta para desfigurarse
y no ser ocasión de tentaciones para nadie.
una dama le hizo un día ciertos cumplimientos acerca de la
suavidad de la piel de sus manos y de la finura de sus dedos; inmediatamente la santa se talló las manos con barro, a consecuencia
de lo cual no pudo vestirse por sí misma en un mes. Estas y otras austeridades aún más sorprendentes la prepararon a la lucha
contra los peligros exteriores y contra sus propios sentidos. Pero Rosa sabía muy bien que todo ello sería inútil si no desterraba
de su corazón todo amor propio, cuya fuente es el orgullo, pues esa pasión es capaz de esconderse aun en la oración y el ayuno.
Así pues, se dedicó a atacar el amor propio mediante la humildad, la obediencia y la abnegación de la voluntad propia. Aunque era capaz de oponerse a sus padres por una causa justa, jamás los desobedeció ni se apartó de la
más escrupulosa obediencia y paciencia en las dificultades y contradicciones. Rosa
tuvo que sufrir enormemente por parte de quienes no la comprendían. El padre de
Rosa fracasó en la explotación de una mina, y la familia se vio en circunstancias económicas difíciles. Rosa trabajaba el
día entero en el huerto, cosía una parte de la noche y en esa forma ayudaba al sostenimiento de la familia. La santa estaba
contenta con su suerte y jamás hubiese intentado cambiarla, si sus padres no hubiesen querido inducirla a casarse. Rosa luchó
contra ellos diez años e hizo voto de virginidad para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor. Al cabo de esos años, ingresó en la tercera orden de Santo Domingo, imitando así a Santa Catalina de Siena.
A partir de entonces, se recluyó prácticamente en una cabaña que había construido en el huerto. Llevaba sobre la cabeza una
cinta de plata, cuyo interior era lleno de puntas sirviendo así como una corona de espinas. Su amor de Dios era tan ardiente
que, cuando hablaba de El, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo del sentimiento que embargaba
su alma. Ese fenómeno se manifestaba, sobre todo, cuando la santa se hallaba en presencia del Santísimo Sacramento o cuando
en la comunión unía su corazón a la Fuente del Amor.
Extraordinarias pruebas y gracias.
Dios concedió a su sierva gracias extraordinarias, pero también permitió
que sufriese durante quince años la persecución de sus amigos y conocidos, en tanto que su alma se veía sumida en la más profunda
desolación espiritual.
El demonio la molestaba con violentas tentaciones. El único
consejo que supieron darle aquellos a quienes consultó fue que comiese y durmiese más. Más tarde, una comisión de sacerdotes
y médicos examinó a la santa y dictaminó que sus experiencias eran realmente sobrenaturales.
Rosa pasó los tres últimos años de su vida en la casa de Don
Gonzalo de Massa, un empleado del gobierno, cuya esposa le tenía particular cariño. Durante la penosa y larga enfermedad que
precedió a su muerte, la oración de la joven era: "Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma
medida tu amor".
Dios la llamó a Sí el 24 de agosto de 1617, a los treinta y un años
de edad. El capítulo, el senado y otros dignatarios de la ciudad se turnaron para transportar su cuerpo al sepulcro.
El Papa Clemente X la canonizó en 1671.
Aunque no todos pueden imitar algunas de sus prácticas ascéticas,
ciertamente nos reta a todos a entregarnos con mas pasión al amado, Jesucristo. Es esa pasión de amor la que nos debe
mover a vivir nuestra santidad abrazando nuestra vocación con todo el corazón, ya sea en el mundo, en el desierto o en el
claustro.
De los escritos de santa Rosa de Lima.
El
salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: "¡Conozcan todos que la gracia sigue a
la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme
al acre- centamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la
única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!" Oídas estas
palabras, me sobrevino un impetu pode- roso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo
a todas las personas, de cual- quier edad, sexo, estado y condición que fuesen: "Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes:
de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay
necesidad de trabajos y más trabajos, para conse- guir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de
los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma." Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la
hermosura de la divina gracia, me angus- tiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse
en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por
el mundo, dando voces: "¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa,
cuántas ri- quezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia,
afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos,
en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se que- jaría de la cruz
ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartir- los entre los hombres."
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