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Creador incomprensible, yo te adoro. Soy ante ti como un
poco de polvo, un ser de ayer, de la hora pasada. Me basta retroceder sólo unos pocos años, y no existía todavía… Las
cosas seguían su curso sin mí. Pero tú existes desde la eternidad. ¡Oh Dios!, desde la eternidad te has bastado a ti mismo,
el Padre al Hijo y el Hijo al Padre. ¿No deberías también poderme bastarme a mí, tu pobre criatura?… En ti encuentro
todo cuanto puedo anhelar. Me basta si te tengo… ¡Dáteme a mi como yo me doy a ti, Dios mío! ¡Dáteme tú mismo!
Fortaléceme, Dios todopoderoso, con tu fuerza interior; consuélame con tu paz, que siempre permanece; sáciame con la belleza
de tu rostro; ilumíname con tu esplendor increado; purifícame con el aroma de tu santidad inexpresable; déjame sumergirme
en ti y darme de beber del torrente de tu gracia cuanto puede apetecer un hombre mortal, de los torrentes que fluyen del Padre
y del Hijo; de la gracia de tu amor eterno y consubstancial.
Señor santo, Padre omnipotente, Dios eterno, por tu generosidad
y la de tu Hijo quien por mí padeció pasión y muerte, y por la excelentísima santidad de su Madre, y por los méritos de todos
los santos, concédeme a mí, pecador e indigno de cualquier beneficio tuyo, que sólo a ti ame, que siempre tenga sed de tu
amor, que continuamente tenga en el corazón el beneficio de la pasión, que reconozca mi miseria, que desee ser pisado y despreciado
de todos; que sólo la culpa me entristezca. Amén.
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¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO! cuando me abruman los
pesares de la vida; mi cáliz es muy amargo, pero yo quiero unirlo con el pensamiento al que Vos aceptasteis por mí en el huerto
de Getsemaní y hallare fuerzas para beberlo a mi vez. ¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO! cuando me vea víctima
de la injusticia, cuando me abandonen los amigos, cuando la soledad me parezca más amarga, porque también vos conocisteis
la amargura y el abandono... ¿No podré soportar la indiferencia y la ingratitud de los hombres cuando mi Dios fue traicionado
por sus discípulos? ¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO! cuando el trabajo me
parezca penoso, cuando el desaliento se apodere de mi alma... Vos sois quien permitís este desfallecimiento, Salvador mío,
para que me acerque a vuestra cruz y vaya a buscar, en ese manantial bendito la fuerza y el valor que me faltan. ¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO! cuando venga a visitarme
la enfermedad y cuando me abrume el dolor... Me uno de corazón a vuestra cruel agonía; uno mis sufrimientos a los vuestros;
los ofrezco, ¡oh. Jesús!, en expiación de las faltas que he tenido la desgracia de cometer y que os han conducido hasta el
Calvario. ¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO! cuando lloro la ausencia
de un ser querido... Siento despedazado mi corazón, pero se que Vos habéis bendecido las lágrimas llorando a vuestro amigo
Lázaro, y me siento más resignado al venir a suplicaros que bendigáis las mías. ¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO!, en todo el curso de
mi vida; cualesquiera que sean mis trabajos, os los ofrezco, divino Redentor mío; Vos habéis aceptado, siendo víctima inocente,
el peso de los pecados del mundo; dadme fuerzas para sobrellevar a mi vez las pruebas que he merecido y que me envía vuestra
divina mano... ¡Las consideraré como una prenda de vuestro amor a fin de que sean prenda de mi salvación!
2. ORACIONES
Ante tus ojos, Señor, ponemos nuestras culpas, y junto a
ellos ponemos los castigos recibidos. Si pesamos el mal que hemos hecho, es menos lo que padecemos
y más lo que merecemos. Es más grave lo que cometimos, y más leve lo que sufrimos. Sentimos la pena del pecado, y no quitamos la pertinacia
del delito. En tus castigos se aniquila nuestra debilidad, mas no se
muda nuestra iniquidad. Se inclina el espíritu dolorido, pero no se doblega la cerviz. Nuestra vida suspira en el penar, pero no se enmienda en
el obrar. Si esperas, no nos corregimos; si castigas, no lo sufrimos. Mientras dura el castigo, confesamos lo que pecamos; cuando
pasa tu visita, olvidamos lo que lloramos. Si extiendes tu mano, prometemos obrar bien; si suspende
el golpe, no pagamos lo prometido. Si hieres, clamamos para que perdones; si perdonas, de nuevo
provocamos para que hieras. Tienes, Señor, reos confesos; reconocemos que si nos perdonas,
es justo que nos castigues. Concédenos, oh Padre omnipotente, aunque no lo merezcamos,
lo que pedimos, pues hiciste de la nada a los que te lo pedimos. Por Cristo Nuestro Señor. Así sea.
San
Agustín
Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre todos los que esperan en ti y de que no puede faltar cosa alguna a quien de ti las aguarda todas, que he determinado vivir en adelante sin ningún cuidado, descargándome en ti de toda mi solicitud. Despójenme los hombres de los bienes y de la honra, prívenme las enfermedades de las fuerzas y medios de servirte, pierda yo por mi mismo la gracia pecando; que no por eso perderé la esperanza, antes la conservaré hasta el postrer suspiro de mi vida, y vanos serán los esfuerzos de todos los demonios del infierno para arrancármela, porque con vuestros auxilios me levantaré de la culpa.
Aguarden unos la felicidad de sus riquezas o talentos; descansen otros en la inocencia de su vida, en la aspereza de su penitencia, en la multitud de sus buenas obras, o en el fervor de sus oraciones; en cuanto a mí, toda mi confianza se funda en la seguridad con que espero ser ayudado de ti, y en el firme propósito que tengo de cooperar a tu gracia. Confianza como esta jamás a nadie salió fallida. Así que seguro estoy de ser eternamente bienaventurado, porque espero firmemente serlo, y porque tú, Dios mío, eres de quien lo espero todo.
Bien conozco que de mi soy frágil y mudable; sé cuánto pueden las tentaciones contra las virtudes más robustas; he visto caer las estrellas del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de eso logra acobardarme.
Mientras espere de veras, libre estoy de toda desgracia; y de que esperaré siempre estoy cierto, porque espero también esta esperanza invariable. En fin, para mí es seguro que nunca será demasiado lo que espere de ti, y que nunca tendré menos de lo que hubiere esperado. Por tanto, espero que me sostendrás sin dejarme caer en los riesgos más inminentes y me defenderás aun de los ataques más furiosos, y harás que mi flaqueza triunfe de los más espantosos enemigos: Espero que me amarás a mi siempre, siempre, y yo a mi vez te amaré sin intermisión; y para llegar de un solo vuelo con la esperanza hasta donde puede llegarse, te espero a ti mismo, oh Criador mío, para el tiempo y para la eternidad. Amén.
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Dios
es mi Padre, Si
Dios cuida de mi, Hilo
por hilo Después
del huracán No
ves con qué primor En
el cielo se ven Si
El mismo fue Dios
es mi Padre, Padre, Me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea
lo que fuere, Por ello te doy las gracias. Estoy dispuesto a todo. Lo acepto todo, Con tal de que se cumpla Tu voluntad en mí
Y en todas tus criaturas. No deseo nada más, Padre. Te encomiendo mi alma, Te la entrego Con todo el amor de
que soy capaz, Porque te amo y necesito darme, Ponerme en tus manos sin medida, Con infinita confianza, Porque tu eres mi
Padre.
Dios mío, estoy contento
porque Tú me amas, no obstante mi indignidad. Dios mío, estoy contento porque te amo, no obstante mi miseria. Dios mío, estoy contento porque puedo alguna vez, no obstante
mi nada, hacer que te amen. Dios mío, estoy contento porque puedo sufrir algo por tu
amor. Dios mío, estoy contento porque Tú estás presente en la Eucaristía. Dios mío, estoy contento porque eres mi Huésped divino. Dios mío, estoy contento porque tu presencia bendita en mi
morada ilumina mi vida. Dios mío, estoy contento porque eres mi fuerza en los desfallecimientos
de mi alma. Dios mío, estoy contento porque eres mi consuelo en las angustias
de mi corazón. Dios mío, estoy contento porque Tú eres mi luz en las oscuridades
de mi camino. Dios mío, estoy contento porque Tú eres mi riqueza en mi
pobreza. Dios mío, estoy contento porque si me has quitado mucho,
me has dejado todavía mucho mas. Dios mío, estoy contento porque Tú eres mi Padre, mi Esposo,
mi Hermano, mi Amigo, mi Salvador, el Huésped divino de mi corazón, por medio de la gracia, la Vida de mi vida, porque Tú
eres mi todo. Dios mío, estoy contento porque Tú eres la Belleza, la Bondad,
la Verdad resplandeciente de la que mi alma está sedienta. Dios mío, estoy contento porque Tú eres la eterna felicidad
de aquellos que he perdido. Dios mío, estoy contento porque creo que los he de ver y
gozar en los esplendores de la vida eterna. ¡Oh mi buen Maestro! Te doy gracias de haberme hecho encontrar
tantos corazones nobles y buenos. ¡Oh mi buen Maestro! Te doy gracias del perfume de las flores,
de la hermosura de las almas, del reflejo aquí debajo de todas las inmortales bellezas. ¡Oh mi buen Maestro! Te doy gracias de haberme permitido
gozar de todas las maravillas de tu creación. ¡Oh mi buen Maestro! Te doy gracias de todos los bienes que
poseo todavía y de todos aquellos que espero de tu misericordia infinita en este mundo y en el otro para mí y para todos aquellos
que me son queridos. Amén.
qué feliz soy!
Soy hijo suyo, hijo de Dios.
¿qué me puede faltar?
ni un solo instante, no,
me deja de mirar;
mi vida suya es,
cual
diestro tejedor,
la va tejiendo El
con infinito amor.
tejiendo va,
si tú le dejas
¡que bien lo hará!
un pájaro cayó,
no creas que eso fue
sin permitirlo Yo;
el pajarillo aquel
se vende por un
as,
no tienes que temer,
tú vales mucho más
El sabe engalanar
al lirio que tal vez
mañana han de cortar;
pues si
a una humilde flor
cuida tu Dios así,
¡con qué infinito amor
no cuidará de ti!
mil estrellas brillar;
Dios las conoce bien,
Dios las puede contar.
a buscar la oveja
que perdió,
jamás me ha de olvidar
aunque le olvide yo.
mi Padre es Dios.
Dios es mi Padre,
¡qué feliz soy!
Carlos de Foucauld


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