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"En ella se cumplió literalmente la palabra de Jesús: "Mi
carne es el verdadero alimento y mi sangre la bebida"; o la otra: "No sólo
de pan vivirá el hombre", como si Cristo quisiera demostrar que alimentarse
místicamente de Él es suficiente para la vida física"
(Palabras del párroco de Teresa Neumann)
Me refiero al caso de Teresa Neumann, campesina bávara
que, si no lo ha sido aún, está a punto de ser beatificada por el Papa. Esta mujer, nacida en 1898, vivió nada menos que 36
años alimentándose exclusivamente de la hostia consagrada que comulgaba todos los días a las seis de la mañana. Y no estaba
escuálida, sino en su peso normal, 60 kilos, y con la tez sonrosada, manteniendo su carácter bromista y alegre. No defecaba
ni orinaba: sus únicas excreciones eran el sudor y... la sangre que manaba de los estigmas, que ésa es otra historia.
Devota adelantada de otra Teresa, en este caso doctora de
la Iglesia, Thérèse de Lisieux, Neumann curó de su invalidez (provocada por dos desafortunadas caídas de su primera juventud)
justo los días en que Santa Teresita era sucesivamente beatificada y canonizada.
Más tarde la bávara Neumann tuvo que asumir el tener
que revivir en sus carnes todos los fines de semana la pasión de Cristo en forma de estigmas sangrantes, pérdida de peso,
visiones premonitorias, ecos en griego, arameo y latín de los interrogatorios de Cristo que revivía en su interior (confirmado
una y otra vez por todos los lingüistas independientes que la visitaban a menudo) y una fulminante recuperación física que
no se hacía esperar el domingo por la mañana.
Pero volviendo a la cuestión de su "dieta" diaria (una hostia
consagrada, rechazando instintivamente las muchas formas no consagradas que le ponían delante para probarle), aparte de que
la comisión formada por médicos y religiosas bajo juramento nombrada por el obispo de Ratisbona, así como las muchas comisiones
laicas que le hicieron seguimientos exhaustivos confirmaron punto por punto que no había trampa ni cartón y que era cierto
que vivía exclusivamente de la eucaristía, conocemos un dato mucho más impresionante.
En efecto, ahí va: cuando en 1939 estalló la II Guerra
Mundial, la burocracia del Tercer Reich impuso a la población un racionamiento que acabaría durando hasta finales de 1947.
A partir de aquel momento, todos los alemanes tuvieron que adaptar el ritmo de sus vidas a una cartilla anual... excepto una
persona: Teresa Neumann, a quien le fue retirada la cartilla inmediatamente por las autoridades nazis ante la evidencia de
que ni bebía ni comía. Sí obtuvo en cambio la asignación de doble ración de jabón, dada la cantidad de ropa ensangrentada
que había que lavar tras sus azarosos fin de semanas.
Extraigo los datos de la excelente obra
de Vittorio Messori Los desafíos del católico.
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