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Este hermoso libro del Cardenal Martini, me lleva a reflexionar junto a él, sobre la realidad
del mundo de hoy, donde estamos inmersos en situaciones cada vez más difíciles de comprender, e incluso de darles respuestas. Esta pregunta ha entrado cada vez más en mi corazón con mayor fuerza, recordando un
personaje de Dostoievski de nombre Hipólito, que le pregunta a Myskin: ¿Es verdad príncipe, que dijiste un día que al mundo
lo salvará la belleza? Señores, gritó con fuerza a todos, el príncipe afirma que el mundo será salvado por la belleza. ¿Qué
belleza salvará el mundo?
En este episodio el príncipe no responde a la interrogante. Me recuerda el momento en que
Jesús frente a Pilato, no respondió nada cuando este le preguntó: ¿Qué es la verdad? (Jn 19, 38). Parece como si en el silencio
de Myskin, quien acompañaba a un joven que estaba muriendo, se nos quisiera hacer entender que la belleza que salvará el mundo
es el amor que comparte el dolor. Es decir, comprender la Cruz para vivir la
hermosura de la transformación en el Amor.
Es por eso, que la belleza que los invito a reflexionar no es la seductora, ni la del poder,
ni la del mundo; pues esta nos aleja de la verdadera belleza hacia la que nuestro corazón debe encaminarse, una belleza tan
antigua y tan nueva como decía San Agustín, quien confiesa que el verdadero objeto de su amor purificado por la conversión,
es la Belleza
de Dios.
Esta belleza, está representada por el Pastor que nos guía con firmeza y ternura por los caminos
de Dios, aquel a quien el evangelio de Juan llama el pastor hermoso, que da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11). Es la belleza
a la que San Francisco en sus Alabanzas al Dios Altísimo se refiere cuando dice: Tú eres la hermosura. Por tanto, no se trata
de una propiedad sólo formal y exterior, sino que tiene el peso del ser al que le damos gloria, que es la palabra bíblica
que más se asemeja a la belleza de Dios.
Además, la belleza de Dios se manifiesta en nosotros como esplendor y fascinación, porque
en su Amor se siente una atracción gozosa, una sorpresa grata, esa entrega ferviente, ese enamoramiento y entusiasmo; todo
eso lo descubrimos en el Amado, por quien estamos dispuestos a salir de nosotros mismos y a arriesgarnos libremente (Ga 2,
20), porque no basta con ver y hablar de las fealdades del mundo, sino aceptar subir al Tabor junto a Jesús y decir como Pedro:
Maestro, que bien estamos aquí (Mt 17, 4), o lo que Pablo sentía ante la tarea de anunciar el Evangelio cuando citaba a Isaías
(52, 7): Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias (Rom 10, 15).
Aquí es imposible olvidarnos de María, el cofre que guardó el tesoro, al Amado Hermoso, quien
nos anima a ser parte del misterio para vivirlo y confirmarlo, María, mujer y madre, enséñanos a entender tu entrega para
darnos nosotros al Amor. Así mis queridos hermanos, pidamos al Señor saber experimentar la belleza en la conversión y reconciliación,
para poder anunciar la hermosura que salva, y compartir con todos su búsqueda para vivir en armonía con la seguridad de que
el Amado, aquel a quien el salmista llama el más hermoso de los hijos de los hombres (Sal 45), derrame toda su gracia en nosotros. Amen.
Oscar Piñango Mascareño
oscarpinango@yahoo.es


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