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AMOR, SIMPLEMENTE AMOR
Doy gracias al Señor por permitirme compartir mi experiencia en Dios con todos Uds. Me gustaría en primer lugar,
proponer una reflexión sobre el Amor de Dios en nuestra vida. Un amor que siempre está rebosante en la copa de nuestras oraciones,
y que el Padre está deseoso de que la bebamos hasta el fondo.
Para dejarnos amar por el Señor y Rey, es bueno tener presente que somos nosotros quienes permitimos que sea
EL quien entre en nuestras vidas. El está en la puerta esperando como dice la palabra (Jn 10, 7-9), y si le escuchamos con
Fe, sentiremos como su mano fuerte nos invita a seguirlo y al mismo tiempo, podremos sentir la dulzura y ternura al lanzarnos
confiados en sus brazos.
Es común en las conversaciones con los amigos que alguien diga: Dios me ha olvidado, no me oye, le pido y no
responde, no soy digno de su amor. Pero todas estas expresiones y muchas más son excusas humanas. Para Dios todos somos iguales
y la mejor prueba de ello es que nos envió a su Hijo, para que haciéndose uno de nosotros pudiéramos vernos y sentirnos hijos
de un Dios de Amor, que no se guardó nada, sino que nos entregó todo en Jesús, quien llegó hasta la Cruz, sencillamente por
Amor.
Es fácil seguir a Cristo, él solamente
nos pide una cosa: TODO. Allí se encierra la gran alegría y esperanza que cada uno de nosotros debe cultivar, y sobre todo
compartir en el gozo del Señor. Conocer a Cristo es seguir su caminar, vivir su palabra, sentir la fuerza del Espíritu Santo
obrando en nuestra vida. Este Espíritu de Amor, que fue el regalo que nos dejó para que pudiéramos acercarnos a él, también
hace su obra en nosotros. Dejarse transformar y renovar en el Amor de Dios, no es otra cosa que aceptarlo en una entrega total,
en completa comunión con él, en adoración y alabanza.
Es buen momento de recordar a María, esa mujer maravillosa. Ella tampoco se guardó nada, sino que se entregó
en completa sumisión a la obra y amor de Dios en su vida. Imaginemos por un momento, el corazón de María latiendo fuertemente
cuando el ángel le anunció la buena nueva. Tuvo miedo, pero no dudó en aceptar, luchó contra todo y todos confiada en el Señor.
Cuántos pensamientos tendría María en su corazón al ver crecer al niño. Ella siempre aceptó la voluntad de Padre. A los pies
de la Cruz, con dolor humano entregó a su hijo al Dios grande y misericordioso que lo había enviado a nosotros por amor. Llena
del Espíritu, María predicó la Palabra siendo ejemplo de ánimo y compromiso en la Fe.
Por eso, entreguemos nuestras vidas a María, para que ella, la elegida del Padre, madre del Hijo, y ungida del
Espíritu Santo, sea la que nos acompañe a buscar el rostro de Jesús, nos lleve al corazón de su Hijo, y éste nos lleve al
Padre, ese Dios de Amor que nos espera con los brazos abiertos para llenarnos de bendiciones a su lado.
No hay que temer. Vamos a tener un encuentro personal con Cristo y ser testigos de su Palabra. Es una invitación
de Juan Pablo II para animarnos a seguir y proclamar al Señor, Rey y Salvador. Deja que El transforme tu vida. Su método es
uno solo: Amor, Simplemente Amor.
Oscar Piñango Mascareño

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